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Encuentro para la Memoria en Rioja Alavesa
Encuentro para la Memoria en Rioja Alavesa
Kultur Etxea, Labastida, 28 de octubre
La tarde del 28 de octubre, la Kultur Etxea de Labastida reunió a un grupo diverso de vecinas y vecinos de distintos municipios de Rioja Alavesa. Entre quienes ocuparon el círculo de sillas había mujeres que venían desde asociaciones locales, periodistas de la comarca, nuevas residentes que apenas llevaban unos meses en el territorio y personas con un fuerte interés por la historia y la memoria democrática. La ronda inicial de presentaciones reveló enseguida la mezcla de motivaciones que traía cada cual: el deseo de aprender, la curiosidad por las mujeres invisibilizadas del pasado, la necesidad de comprender mejor la historia local y, en algunos casos, la intención explícita de documentarla. Uno de los participantes lo resumió con honestidad: “El primer libro feminista que leí fue Feminismo para principiantes. Una de las cosas que más me impactó fue la historia del borrado de las mujeres. Los primeros nombres que aparecían… yo no los había estudiado en mi vida”.
Imagen del encuentro.
La sesión comenzó con la presentación de la huella propuesta para este encuentro: las maestras republicanas depuradas tras 1936. El marco histórico abrió rápidamente la conversación, que enseguida se entrelazó con recuerdos personales, relatos transmitidos por madres y abuelas, y comparaciones entre lo que se enseñaba en las escuelas durante el franquismo y lo que seguía resonando en generaciones posteriores. La historiadora Clara Ajamil, nacida en Elvillar y criada en Laguardia, fue quien aportó uno de los primeros testimonios que anclaron el diálogo: “Cuando estabais hablando de las maestras… fijaos muy bien quién era el director: hombre. Era la Segunda República y era cuando andábamos con más libertad, pero el cargo gordo se lo llevaban los hombres siempre”. Su intervención conectó el papel de las maestras con la estructura jerárquica del sistema educativo y con la persistencia de la segregación por sexo, tanto en la enseñanza como en las expectativas de aprendizaje.
Imagen del encuentro.
A partir de ahí, la conversación se adentró en la memoria del sistema educativo franquista y de los materiales escolares que moldearon varias generaciones. Las participantes subrayaron que aquellos libros y cuadernos no eran neutros sino que estaban diseñados para educar a niñas y niños en los valores de una ideología de género profundamente patriarcal, moralizante y totalitaria. La descripción que compartió Clara dejó una imagen nítida de ese sesgo ideológico:
“Abrías el libro y toda la historia procedía del ojito de Dios y del Espíritu Santo… iba derecho a los Reyes Católicos, Carlos V, Felipe II, Primo de Rivera y Franco. Ese era el proceso. Casi en esquema.”
Explicó cómo estos contenidos reproducían lo que convenía al régimen, reforzando una visión única del pasado y del lugar que debían ocupar hombres y mujeres en la sociedad. “De aquellos barros, estos lodos”, reflexionó, subrayando la dificultad de desprenderse de enseñanzas interiorizadas desde la infancia.
Objetos traídos al encuentro.
La conversación avanzó hacia las experiencias escolares de quienes habían estudiado durante los años setenta y ochenta, mostrando hasta qué punto persistieron métodos disciplinarios y prácticas de separación por género. Una participante relató su paso por el colegio de Oyón: “En primero de EGB te separaban: el que sabía leer iba a la clase de él y el que no sabía leer iba a la clase de la profesora…”. Y otra participante añadió: “Golpes con anillos, con reglas, separarnos en plástica: los niños, marquetería; las niñas, a coser. Y eran los 80…” Otras personas relataron escenas similares: la profesora que tiraba el zapato, la división entre aulas según nivel lector, el miedo que marcaba el aprendizaje. “O aprendías o sopapos”, recordaron con rotundidad. Las voces se sucedían, en euskera y castellano, trazando un mapa de vivencias donde la escuela aparecía como lugar decisivo de disciplinamiento y, al mismo tiempo, como un espacio atravesado por la desigualdad entre niñas y niños.
Desde ahí, el diálogo se desplazó de manera natural hacia el universo cotidiano de los oficios femeninos y del trabajo invisible que sostenía la vida en los pueblos de Rioja Alavesa. Surgieron recuerdos de modistas, maestras, tenderas, mujeres que atendían las tiendas convertidas en verdaderos centros de escucha. “No se iba solo a comprar”, decía una participante. Las modistas, imprescindibles para la vida diaria, apenas recibían reconocimiento público. “Los bordadores eran hombres y se les pagaba; los trajes de hombre los hacían las modistas”, explicó una asistente, señalando cómo incluso el lenguaje clasificaba el trabajo por género: “el sastre y las modistillas”. En varios pueblos como Lanciego, Elciego, Laguardia, estas reflexiones se entrelazaban con experiencias actuales de búsqueda en archivos, donde los nombres de mujeres apenas aparecen salvo en roles secundarios o vinculados a la Iglesia.
En este punto surgió también la referencia a un trabajo clave que se está desarrollando en Elciego, donde el Ayuntamiento ha impulsado un proceso comunitario de recuperación de la memoria femenina con el acompañamiento de Mentxu Ramilo Araujo, especialista en participación ciudadana y memoria feminista. La iniciativa, difundida a través del blog Con nombre(s) de mujer(es) , reúne testimonios, fotografías y relatos aportados por vecinas y vecinos, y se centra en identificar a las mujeres que han sostenido la vida del municipio (modistas, maestras, tenderas, agricultoras) y en reconstruir genealogías locales desde una perspectiva feminista. Varias asistentes destacaron la importancia de este proyecto como un ejemplo vivo de activación de la memoria en clave de género dentro de Rioja Alavesa.
Imagen del Blog ‘Con nombre(s) de mujer(es)’
A medida que avanzaba la tarde, surgieron otras figuras: las seroras (o freiras) que cuidaban las iglesias, organizaban la liturgia cotidiana y sostenían el templo antes de ser desplazadas por los sacristanes; las parteras distribuidas por distintos pueblos de la comarca; mujeres que ejercieron, de facto, como médicas o carteras cuando sus maridos ocupaban oficialmente esos cargos, pero no realizaban el trabajo. Una participante relató un caso de Lanciego: “Había un médico, sí, pero al médico le gustaba mucho beber; quien asistía los partos y curaba era la mujer”. Este tipo de relatos, tan cotidianos y tan elocuentes, fueron abriendo la mirada hacia una genealogía de trabajos que rara vez figuran en la documentación oficial.
El encuentro también dio pie a compartir espacios de memoria ligados a la sociabilidad femenina: los lavaderos, los ríos, las esquinas donde se zurcían calcetines y se vigilaba el ir y venir del pueblo. Se habló del lavadero de Yécora, del de Lanciego, de los que ya no se conservan. Una mujer recordó a su abuela rompiendo el hielo en el río para lavar la ropa: “¡Qué pobrecitas!” Otra evocó las tardes en Laguardia: “Las mujeres bajaban a zurcir los calcetines… se colocaban en las esquinas que controlaban dos calles. Zurcían, cuidaban a las criaturas, te cortaban el traje si pasabas sin hacer nada”. Alguien mencionó incluso el topónimo heredado: “El rincón de las señoritas”, nombre que todavía se usa al pasear por el pueblo. En estos recuerdos, el lavadero y la calle aparecieron como lugares de intercambio, de transmisión intergeneracional y de un tipo de presencia femenina que, aunque pública, no era reconocida como tal.
Imagen del lavadero de Yécora, recogida del portal web “Solar de Ibarlonja”
De manera natural emergió entonces el tema de las redes de cuidados y la solidaridad entre mujeres. El grupo recordó cómo la vida cotidiana del valle se sostenía gracias a un sistema de apoyo mutuo entre mujeres, capaz de activarse en momentos de necesidad y de acompañar a las familias cuando surgían dificultades. Se recordaron prácticas de fiado como vales del pan, deudas anotadas en pequeños papeles, así como cadenas de apoyo en situaciones de enfermedad o necesidad, y la organización comunitaria para acompañar al médico o garantizar que una familia pudiera comer. Se mencionaron, también, historias más vinculadas a la memoria democrática, y alguien recordó la historia de los topos escondidos durante la posguerra y el papel crucial de las mujeres para garantizar su supervivencia: alimentándolos, protegiéndolos y manteniendo la discreción necesaria durante años.
Hacia el final del encuentro, las reflexiones giraron hacia el futuro. Varias personas insistieron en la urgencia de seguir documentando la memoria femenina de Rioja Alavesa antes de que desaparezcan las voces que aún pueden contarla: “En los archivos no encuentras casi nada… la única vía es hablar con las mujeres mayores y sacar esas voces antes de que se pierdan”. Otras subrayaron la necesidad de identificar a las pioneras locales (la primera mujer con tractor, la primera médica, la primera arquitecta, la primera que fundó una cooperativa, etc.), conscientes de que sin esa genealogía resulta difícil construir referentes para las generaciones más jóvenes.
Imagen llevada al encuentro de estudiantes durante la II. Républica. Fuente
El encuentro concluyó en torno a un pequeño piscolabis, mientras seguían las conversaciones en voz baja y algunas personas se acercaban con ideas, dudas o recuerdos adicionales. Sobre la mesa quedaron teléfonos, fichas, correos electrónicos y promesas de enviar fotografías antiguas o documentos familiares. Lo que quedó en el ambiente fue una sensación compartida: al recordar juntas, algo se mueve; la historia se ensancha, aparecen nombres donde antes había silencio y las mujeres de Rioja Alavesa (maestras, modistas, tenderas, seroras, parteras, agricultoras, cuidadoras) vuelven a ocupar el lugar que siempre tuvieron en la vida del territorio.
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