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Encuentro para la Memoria en Mendialdea
Encuentro para la Memoria en Mendialdea
Kultur Etxea de Kanpezu, 13 noviembre 2025
El encuentro para la memoria celebrado en Kanpezu fue el último del recorrido comarcal y también uno de los más concurridos. Llegaron mujeres y hombres, mayores y jóvenes, de distintos pueblos de Mendialdea, algunas desde municipios pequeños, otras desde localidades cercanas, con la sensación compartida de que aquella tarde no se iba a hablar solo de historia, sino de cosas que aún siguen pasando. La sala se llenó rápido y la conversación, desde el principio, fue coral, viva y muy reconocible para quienes han crecido en los pueblos de la zona.
Imagen del encuentro.
El punto de partida fue la figura histórica de las seroras, pero pronto quedó claro que no se trataba de una explicación académica del pasado, sino de mirar al presente para entender cómo esa huella sigue viva. Y en ese tránsito, el gesto de María Ángeles marcó el tono de todo el encuentro: llegó con la llave de la Ermita de San Pedro, una llave grande, antigua, pesada, de esas que no pasan desapercibidas. No era un objeto simbólico traído “para enseñar”, sino una llave real, todavía en uso, que forma parte de una responsabilidad heredada.
Llave de la Ermita de San Pedro de Villafría.
María Ángeles explicó que en la casa familiar de su marido se guarda desde hace generaciones la llave de la ermita. La herencia sigue una lógica conocida en la comarca: la casa pasa por línea masculina, pero son las mujeres que entran en ella quienes asumen el cuidado del templo. Así ha sido, al menos, durante cinco generaciones.
“En la casa familiar de mi marido es donde está guardada la llave de San Pedro.
Y las mujeres que se han ido casando con Martínez de Lagrán somos las que hemos heredado el trabajo de limpieza de la ermita.
Antes era solo la mujer de la casa. Ahora ya vamos toda la familia, pero esa labor sigue siendo algo que llevamos muy interiorizado.”
Imagen del encuentro. Maria Ángeles de brazos cruzados escuchando a una participante.
La actual serora contó cómo la ermita solo se abre una vez al año, para la festividad de San Pedro, y cómo eso implica horas de preparación: limpiar telarañas, revisar desperfectos, llevar agua en bidones porque no hay suministro, colocar las flores y adornos que año tras año generan expectación. Hoy en día el vínculo con la llave sigue siendo especial, casi celoso, como cuenta María Ángeles:
“Cuando hoy he ido a pedirle la llave a mi suegra me ha dicho:
‘¿Pero para qué la quieres?’
La tiene guardada en un cajón, con los manteles de San Pedro, que solo se usan ese día.
Eso no se toca. Es muy suyo.”
Ermita de San Pedro de Villafría. Imagen cogida de la página del Ayuntamiento de Bernedo.
Ese orgullo en la custodia, resonó inmediatamente en otras personas del grupo. En muchos pueblos de Mendialdea (Antoñana, Villafría, San Vicente de Arana, Ibernalo, Santa Teodosia) hay casas o personas que guardan las llaves de ermitas e iglesias, que se encargan de limpiarlas, de adornarlas, de abrirlas cuando toca. A veces son mujeres mayores; en otros momentos lo fueron las jóvenes del pueblo, “las hijas de María”, como se recordaba en Kanpezu. Hoy, muchas de esas tareas siguen recayendo en mujeres que no siempre se identifican como creyentes, pero sí como vecinas. Una de las participantes, vinculada a la Asociación de Mujeres Aguaké de Antoñana, lo explicaba así:
“Yo no voy a misa y no soy religiosa, pero ayudo a limpiar la iglesia.
No se me cae ningún anillo. Es un bien cultural, es del pueblo, y además es ayudar a las mujeres que ya no pueden.
Antoñana, años 40-60. Imagen recogida del archivo de Diputación ‘Photo Araba’
Orbiso, años 40-60. Imagen recogida del archivo de Diputación ‘Photo Araba’.
A lo largo de la conversación fueron apareciendo situaciones repetidas en distintos pueblos: iglesias y ermitas con una titularidad clara (obispado, juntas administrativas o ayuntamientos) y, al mismo tiempo, una implicación cotidiana asumida por vecinas que detectan los problemas y se organizan para resolverlos. Una vez más, son las mujeres las que se organizan, muchas veces sin apoyo, de forma altruista.
Imagen del encuentro.
Desde ahí, el relato se fue ampliando hacia otros ámbitos donde las mujeres han sostenido la vida comunitaria sin nombrarse como “cargo” ni “oficio”. Las parteras aparecieron como una figura fundamental en un contexto de pueblos pequeños y comunicaciones difíciles. No se hablaba de un oficio reglado, sino de mujeres del propio pueblo que “valían para eso”, reconocidas por su experiencia y su temple. En muchos casos había una sola por localidad, y su nombre era conocido por todas las casas. Su saber procedía de la observación, de haber acompañado otros partos, de una transmisión práctica que se activaba en el momento de la necesidad.
Algo similar ocurría con las amortajadoras. Preparar el cuerpo tras la muerte era una tarea delicada, asumida por mujeres con experiencia, que acudían cuando la familia no podía o no sabía cómo hacerlo. Era una responsabilidad reconocida, que se aprendía acompañando a otra mujer más veterana y que podía reaparecer varias veces a lo largo de la vida.
“Vinieron y dijeron que había que ayudar a amortajar y no venía nadie.
Y dije: ‘Pues voy yo’.
Mi madre me dijo: ‘¿Estás loca?’
Y subí. La otra me iba diciendo lo que tenía que hacer.
Nacer y morir fueron, durante generaciones, momentos acompañados por mujeres. Como lo fueron también la enfermedad y el cuidado del cuerpo. Varias participantes hablaron de abuelas que sabían de hierbas, de cataplasmas, de remedios aprendidos por observación y experiencia. Saberes que no se escribieron y que, en muchos casos, se perdieron con ellas.
“La abuela de Euteria sabía mucho de hierbas…
pero se lo llevó todo a la tumba.
Y tengo esa pena.
En este mapa de memorias apareció una idea repetida, dicha de muchas formas distintas: en Mendialdea, las mujeres “han hecho y deshecho”. Han trabajado en el campo y con el ganado, han llevado la casa, han administrado el dinero, han hecho tratos, han cuidado de criaturas y mayores. A menudo sin reconocimiento público, pero con una autoridad cotidiana respetada.
Santa Cruz de Campezo, años 40-60. Imagen recogida del archivo de Diputación ‘Photo Araba’
A partir de ahí surgieron recuerdos muy concretos: mujeres repartiendo leche o carne en bicicleta entre Campezo, Genevilla o Santa Cruz; niñas enviadas al trueque o al estraperlo porque “daban menos problemas”; casas donde se iba “a por leche donde la Vitori”; comercios como los de Rosarito, Arrucidillo, la María del Pino o la Catalina de los Portales; bares y fondas donde el trabajo diario lo sostenían las mujeres. También aparecieron los lavaderos —hoy desaparecidos en algunos pueblos— como espacios de trabajo duro y, al mismo tiempo, de relación y conversación.
Lavadero de San Román, Imagen recogida del archivo de Diputación ‘Photo Araba
Y, casi sin proponérselo, el grupo volvió una y otra vez a una figura que parecía condensarlo todo: Macaria. Mondonguera, amortajadora, narradora de cuentos con moraleja, referente moral y práctico del pueblo. Una mujer a la que se acudía para preguntar, para escuchar, para entender qué hacer.
“Cualquier cosa que pasaba,
‘La Macaria, a ver qué dice la Macaria’.
Hoy Macaria tiene una plaza y un concurso de cuentos con su nombre. Su memoria está reconocida, escrita en el espacio público. Al final del encuentro, esa presencia sirvió como inspiración para pensar en lo que se estaba haciendo allí: nombrar, recoger, compartir historias que, “si no se dicen, se pierden”.
Macaria Iriarte en 1975. Imagen cedida por Gurutze Badiola.
Cartel del XVI. Concurso de Literatura Macaria Iriarte. Imagen recogida de la web del Ayuntamiento de Campezo/Kanpezu
Las reflexiones finales no idealizaron el pasado. Hubo quien recordó la dureza, la sobrecarga, la falta de opciones. Pero también se señaló una idea con fuerza: hacer memoria…
“Es un homenaje a nuestras antecesoras.
Pero también es respeto hacia nosotras
y hacia las que vienen detrás."
El encuentro terminó con un piscolabis y muchas conversaciones cruzadas. Quedó la sensación de que Mendialdea guarda aún muchas llaves, no solo de ermitas, también de historias, y que abrirlas, juntas, sigue siendo una tarea pendiente.
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