Encuentro para la memoria de las mujeres en Añana

Encuentro para la Memoria de las Mujeres en Añana


 

Fundación Valle Salado, Salinas de Añana - 12 de noviembre

El Encuentro para la Memoria celebrado en Salinas reunió a más de treinta mujeres en un gesto que, por sí solo, dice mucho del pueblo. En un municipio pequeño, lograr convocar a tantas mujeres —la mayoría salineras o hijas y nietas de salineras— fue posible gracias a una implicación colectiva muy concreta: el trabajo previo de la concejala, el empuje constante de la Asociación de Mujeres Salineras Santa Ana y, de manera muy especial, la labor cotidiana de Raquel, una de las socias más activas, que mantiene viva la red informal de llamadas, avisos y cuidados que hace que “la gente se mueva”.

 

El encuentro tuvo lugar en la Sala Santa Ana, un espacio cedido por la Fundación Valle Salado, y muchas de las asistentes llegaron juntas en minibús desde Vitoria, donde residen durante los meses de invierno. Todas eran de Salinas, aunque no todas vivan hoy allí de forma permanente. Ese desplazamiento compartido, ese volver juntas al pueblo para hablar de su historia, marcó el tono de la sesión: cercano, cómplice, pero también solemne, como si se tratara de un acto de reconocimiento público. A lo largo de la conversación se repitió una idea: Salinas ha sido (y sigue siendo) un pueblo de calle, de encuentro y de movilizarse cuando hace falta.
 

 
  Imagen del encuentro.

 

Desde el inicio, la identidad salinera apareció como punto de partida común. Para muchas de las mujeres presentes, el valle no era solo un lugar de trabajo, sino el centro alrededor del cual se organizaba toda la vida cotidiana. El trabajo en las salinas se describió como duro, constante y absolutamente dependiente del clima: “Si no había sol, no había sal”. Las tormentas introducían urgencia y nerviosismo, obligaban a reaccionar rápido, a correr al valle para salvar la producción. Sin embargo, más allá de la anécdota climática, lo que se fue dibujando fue un paisaje de trabajo prolongado, exigente y compartido.

 

Las salineras reconstruyeron colectivamente el proceso productivo: preparar las eras, manejar la flor, revolver, recoger, secar, reparar. Con precisión técnica, y también como saber encarnado en la memoria del cuerpo. Una de ellas lo resumía así:
 

“Era mucho trabajo… desde que te levantabas hasta que te ibas a la cama. Todo el día. Todo con sol. Y si no había sol, no había sal.”

 

El relato de Asun, reconocida por el grupo como la última salinera activa en el valle, sirvió de hilo conductor, pero el protagonismo fue colectivo: las salineras en plural, cada una con su experiencia, sus matices y sus recuerdos.

 

 
Asun y su hijo en las eras. Imagen traída por la protagonista al encuentro.

 

Uno de los aspectos más potentes de la conversación fue la forma en que apareció la infancia ligada al trabajo. En Salinas se aprendía trabajando. Niñas y niños bajaban a las eras desde muy pequeños, primero acompañando y luego participando de forma activa. Los rodillos crecían con ellas: “Cada año el rodillo era más grande, hasta ser como el de los hombres”. Se habló de cargar peso, de vigilar la muera, de trabajar para terceros desde edades tempranas.

 

“Desde pequeñas íbamos al valle. Primero con un rodillo pequeño y luego cada año más grande. Yo con catorce años llevaba cincuenta kilos a la espalda. Y había que vigilar la muera, porque si no, te la quitaban.”

 

El aprendizaje no era abstracto: se hacía mirando, imitando, probando, asumiendo responsabilidades progresivas.

Ese trabajo en el valle nunca estuvo separado del resto de la vida. Las mujeres relataron con naturalidad cómo combinaban la producción con los cuidados, sin que eso se formulara como una queja explícita, sino como una evidencia. Criaturas llevadas a las eras, colocadas en una silla en el terrazo mientras se trabajaba, idas y venidas constantes entre la casa y el valle, apoyos de madres y suegras cuando era posible.
 

“Yo llevaba al niño pequeño, le ponía la silla en el terrazo y le decía: ‘quietito, quietito’. Y yo cogía todas las eras que tenía que coger. Ese chiquillo no respiraba.”

 

Salineras 
Foto de salineras, llevada al encuentro.

 

La vida cotidiana desbordaba las salinas. A lo largo del encuentro fueron apareciendo otros trabajos que completaban ese mismo sistema de vida: el lavado de la ropa antes de que llegara el agua corriente, las coladas con ceniza, los pilones y los lavaderos a los que había que subir cargadas, en invierno y en verano.

 

“Mi madre con el balde en la cabeza y yo con otro ayudándola. Subíamos a lavar ropa, muchas veces ropa que no era nuestra. Allí pasábamos la tarde entera.”

 

Las labores de la lana aparecieron como una de esas tareas periódicas que marcaban el ritmo doméstico y requerían tiempo, fuerza y saber hacer.

 

“Todos los años se soltaban los colchones, se apaleaba la lana, se lavaba y se hacía uno nuevo. Luego se ponían las cintas, las rositas… quedaban muy bonitos.”

 

Se habló de la rueca, del punto, de calcetines y jerseys hechos en casa, de saberes transmitidos entre mujeres tanto en la familia como en la escuela. Muchas aprendieron a coser, a hacer punto o punto de cruz con madres y abuelas, pero también en clase, de la mano de maestras que también dejaron huella en la memoria colectiva. Aparecieron los nombres de la señorita Trini y la señorita Espe, recordadas con especial cariño por haber enseñado costura, labores y otras habilidades consideradas entonces propias de la formación de las niñas. Todo ello formaba parte de un trabajo especializado, minucioso y constante, que sostenía el hogar y preparaba a las chicas para una vida de trabajo dedicada al sostenimiento de la vida.

 

 
Cosiendo. Imagen traída por Herminia Perea.

 

La escuela, sin embargo, no era solo un espacio de aprendizaje práctico. En los recuerdos apareció también el peso de la religión y del control moral que marcaba la infancia y la juventud. La educación estaba atravesada por normas estrictas, rituales religiosos y una vigilancia constante de los comportamientos, especialmente sobre las niñas. Algunas evocaron cómo “todo era pecado”, cómo el cura intervenía en la vida cotidiana y cómo ciertas conductas eran rápidamente corregidas o castigadas. La escuela y la Iglesia formaban así parte del mismo entramado que regulaba el trabajo, el cuerpo y la conducta, y que acompañó a estas mujeres desde muy pequeñas.

 

 
Imagen de estudiantes y maestra de Salinas de Añana. Imagen traída al encuentro.
 

 
La escuela, niñas y maestra. Imagen traída al encuentro.

 

A este entramado se sumaba el campo y el cuidado de animales. Muchas familias tenían vacas, ovejas, cabras o cerdos. Había que ordeñar, vender la leche, cuidar a las crías, vigilar que no se pisaran. Las tareas se repartían como se podía y la participación infantil era habitual.

 

Salir del pueblo fue, para muchas, una estrategia necesaria. “Salir de casa porque no había para todos”, comentó una de las asistentes. Algunas marcharon a servir con apenas trece o catorce años, otras a trabajar en Vitoria, a fábricas como Fournier o a Encartaciones. Hubo también trayectorias más lejanas, como la migración a Australia, narrada entre risas y anécdotas, pero no exenta de dificultades.

 

“Marché joven a servir, porque éramos muchas en casa y había que salir. Primero servir, luego la fábrica. Y en verano, volver a la sal.”

 

Aun así, el vínculo con Salinas se mantuvo: volver los fines de semana, regresar en verano para trabajar en la sal, conservar una identidad salinera que no se perdía con la distancia, sino todo lo contrario.

 

 
Imagen traída al encuentro.

 

La vida social apareció como un contrapunto fundamental a tanto trabajo. Los bailes, la banda y las danzas salineras eran espacios de encuentro y celebración. Desde muy pequeñas, las criaturas bajaban “bien arregladitas” a la plaza. Al mismo tiempo, las normas eran claras: madres vigilando desde los bancos, horarios estrictos, control sobre los cuerpos y los gestos de las chicas.

 

 
Niñas del pueblo. Imagen traída al encuentro

 

Salinas fue también, como recordaron varias asistentes, un pueblo con mucha vida: bares, tiendas, ultramarinos y pequeños comercios que hoy han desaparecido. Se mencionaron establecimientos situados en la plaza y en las calles centrales, como la tienda de Nati, la de Antonia, la de Ángela de Celada, o las de Inés y Jovita. Con el abandono progresivo del valle y del campo, esa actividad fue perdiéndose, y con ella parte de la vida diaria que llenaba las calles.

 

Sin embargo, en muchos de esos negocios eran las mujeres quienes llevaban el peso del trabajo: atendían detrás del mostrador, organizaban la tienda y sostenían el funcionamiento diario, aunque no siempre fueran ellas quienes figuraban como titulares. Estas tiendas, regentadas de hecho por mujeres, formaron parte esencial de la economía local y de la red de relaciones que daba vida a Salinas.

 

En este recorrido colectivo destacó la figura de Agustina, primera alcaldesa de Salinas y promotora de la Asociación de Mujeres Santa Ana. Su liderazgo, descrito como carismático y claramente feminista para su tiempo, permitió crear un espacio propio para las mujeres, recuperar fiestas, organizar actividades y fortalecer la vida comunitaria. La asociación, aunque hoy con menos actividad, sigue siendo un referente y una continuidad de ese impulso.

 

 
Agustina López Ansotegui, primera alcaldesa de Salinas de Añana.
Imagen recogida de la publicación ‘Añana Aurrera’, julio de 1994.

 

El cierre del encuentro estuvo marcado por una ronda de reflexiones que puso en palabras el sentido de lo vivido. Muchas insistieron en la importancia de que esta historia no se pierda, de que llegue a nietas y nietos, de que quede en libros, fotos y relatos. En la ronda final también se hizo explícito que recordar no es un ejercicio neutro. Para algunas mujeres volver sobre determinadas etapas, especialmente las relacionadas con el servicio doméstico o los años de mayor dureza, resultó incómodo y emocionalmente exigente. “No me gusta recordar”, dijo una de ellas, aludiendo a una juventud marcada por el trabajo y la necesidad. Otras reconocieron que hablar del pasado removía sensaciones que habitualmente permanecen en silencio.

 

 
Imagen del encuentro en la Fundación Valle Salado, Salinas de Añana - 12 de noviembre.

 

Aun así, el grupo coincidió en que compartir estas vivencias tenía sentido. No para idealizarlas ni para convertirlas en un relato único, sino para ponerlas en común, sacarlas del ámbito privado y permitir que no se pierdan con el paso del tiempo. El encuentro cerró con la conciencia de que la historia de las salineras está hecha de trabajo, esfuerzo, contradicciones y recuerdos distintos. Precisamente por eso, recogerla y narrarla colectivamente se volvió una forma de reconocimiento mutuo.

 

 

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