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Encuentro para la memoria de las mujeres en Aiaraldea

Encuentro para la Memoria de las Mujeres en Aiaraldea


 

Lezeaga Aretoa, Llodio - 28 octubre 2025

 

El Encuentro para la Memoria celebrado en Llodio fue, desde el inicio, un espacio lleno. Lleno de mujeres, de recuerdos, de ganas de hablar y de escucharse. La asistencia, llegada sobre todo de Llodio pero también de otros municipios cercanos como Artziniega, fue alta y la participación constante, en parte porque el encuentro se celebró en un espacio significativo: un lugar municipal dedicado a las mujeres y a la reflexión feminista, vivido como un espacio propio. Ese clima de cercanía facilitó la asistencia y que la conversación fluyera con naturalidad.

 

En un municipio profundamente marcado por la industrialización del siglo XX, muchas de las mujeres que acudieron habían vivido en primera persona, o a través de sus familias, el crecimiento acelerado del pueblo. Las asistentes, que compartían trayectorias migratorias familiares, compartieron recuerdos que permitieron poner en diálogo experiencias personales y memorias colectivas, ampliando la mirada sobre cómo se vivió la industrialización y el crecimiento del municipio. La presencia de Rafaela Garrido, protagonista de la huella histórica trabajada en la cuadrilla, actuó como punto de partida. De esta manera su historia se escuchó como una experiencia capaz de activar otras muchas.
 

 
   Imagen del encuentro de Llodio.

 

Rafaela comenzó recordando su llegada desde Aldeaquemada, en Jaén, siendo muy joven. No hablaba solo de un viaje, sino de un cambio radical de vida. A partir de ahí, la sala empezó a llenarse de recuerdos similares. Varias mujeres asentían, completaban frases, añadían escenas propias. La llegada a Llodio se describía como un proceso duro, marcado por la falta de vivienda y por casas siempre llenas, donde se hacía sitio como se podía a quienes venían después.

 

 
Imágenes de Rafaela Garrido de joven

 

Una de las escenas que más resonó fue la de las casas desbordadas, donde la intimidad casi no existía y todo se reorganizaba en función de la necesidad:

 

“A mi casa ha venido mucha gente. Era un piso muy pequeño, pero claro… cada vez que venía una familia o una pareja de hermanos, yo tenía que dejar mi habitación. Mis padres tenían su cama, pusieron otra camita a los pies y allí me tenían a mí. Mi cuarto era para el que venía.”

 

A partir de este recuerdo, la conversación permitió entender hasta qué punto el crecimiento industrial de Llodio transformó la vida doméstica, obligando a adaptar los espacios, los tiempos y las relaciones familiares para poder acoger a quienes llegaban en busca de trabajo.

 

 
Imagen de Llodio de 1935.
Recogida del Blog Oleta Lhttps://urquijo-llodio.blogspot.com/2012/02/bitorika.html 

 

El trabajo en las fábricas apareció pronto en la conversación. Los nombres de Envases, Maderas Reunidas, Cerrajas, Brillosa o Aceros de Llodio iban surgiendo casi como un mapa oral de la Llodio industrial, compartido y reconocido por todas. Se hablaba de entrar a trabajar con facilidad, pero también de la dureza del día a día. Rafaela describió con precisión los procesos en Maderas Reunidas, el manejo de la chapa húmeda, el calor del secadero y las manos siempre expuestas.

 

“No te daban guantes y sangrabas de aquí”, decía señalándose los dedos. “La chapa venía chorreando, la cogías así, la metías al secadero, y por el otro lado salía seca. Luego te clavabas astillas. Había que aprender a cogerla bien.”

 

El trabajo a prima marcaba los ritmos y las economías familiares. Cuanto más se producía, más se ganaba, pero así la presión también era mayor. El control era constante, incluso sobre los tiempos más íntimos. Rafaela lo recordaba con ironía, arrancando risas en la sala:

 

“Cuando bajabas al baño te decía el oficial: ‘¿Cómo tarda usted tanto?’… Pero claro, allí también aprendíamos canciones, las que oíamos en la radio. Las escribías en un papelito y luego ya te sabías lo que sonaba.”

 

Más allá de la fábrica, muchas mujeres coincidieron en algo fundamental: nunca se hacía una sola cosa. El trabajo no terminaba al salir del taller. La costura, el bordado, el servicio doméstico, las tareas de la casa y los cuidados se superponían sin descanso. Rafaela explicaba cómo la prima le permitió pagar clases de costura y comprar una máquina de bordar, que luego se convirtió en una fuente de ingresos propia.

“Con la prima hacía milagros. Eso me lo dejaban para mí. Con aquello pagué las clases, los papeles, la máquina… y así me fui haciendo el arreo.”

 

El matrimonio aparecía como un punto de ruptura compartido en el grupo. Varias mujeres recordaron cómo dejar el trabajo asalariado era lo esperado al casarse. Pero dejar la fábrica no suponía dejar de trabajar, sino de cambiar de tipo de trabajo:

 

“Cuando te casabas, dejabas la fábrica. Pero trabajo había igual. El de la casa, el de los críos… eso no se acababa nunca.”

 

 
Imagen de la boda de Rafaela Garrido

 

La conversación se fue desplazando hacia la vida cotidiana y las tareas invisibles. El lavadero surgió como un lugar central, para lavar, y también para encontrarse y hablar. Varias mujeres evocaron el esfuerzo de lavar colchones, de varearlos una vez al año, de sacarlos a la campa para que recuperaran volumen.

 

“Solo vareaban las mujeres. Los hombres tenían que ir al campo. Nosotras con el palo, dándole, dándole… y luego dos días aireándose.”

 

También se habló del frío en las casas y de las estrategias para calentarlas. Rafaela describió cómo recogía serrín en la fábrica, llenando sacos que luego su padre compactaba para alimentar la estufa. Otras mujeres asentían: muchas casas funcionaban así, aprovechando materiales que la industria dejaba a mano.

 

Aparecieron entonces recuerdos ligados al mundo rural que todavía convivía con la Llodio industrial: la matanza del cerdo, la recogida de sangre, la elaboración de chorizos y morcillas, el cuidado de animales. De ahí se pasó a hablar de las formas de intercambio que permitían sobrevivir en tiempos de escasez. El trueque, el fiado y, en algunos casos, el estraperlo, fueron descritos como prácticas habituales, lejos de cualquier excepcionalidad. Las mujeres recordaron cómo se intercambiaban huevos, leche o gallinas por carne, aceite o azúcar, y cómo muchas veces se pagaba cuando se podía.

 

“Eso no era estraperlo, era cambiar. Huevos por carne, leche por aceite… cuando se podía, se pagaba.”

“Yo iba de pequeña a comprar y luego iba la ama y lo pagaba, cuando cobraba. Todas las semanas iba a hacer la compra y ya pagaba todo lo de la semana.”

 

Estas prácticas dibujan una economía cotidiana basada en la confianza, la reciprocidad y el ingenio, en la que las mujeres tenían un papel central como gestoras del abastecimiento familiar y de las relaciones con el entorno.

 

 
María Francisca Barbara Otaolarrabia con dos amigas en 1927.
Imagen cogida del Blog Oleta Llodio: https://urquijo-llodio.blogspot.com/2012/02/bitorika.html 

 

 
Imagen recogida de la publicación "Memorias de Mujeres de Llodio"
https://www.laudio.eus/doc/pub/Memorias_de_mujeres_de_Llodio.pdf 

 

El auge industrial y demográfico de Llodio y, en general, en la cuadrilla de Ayala, trajo consigo también una intensa actividad comercial. En la conversación aparecieron tiendas y negocios que fueron referencia durante décadas: la Bruna, la tienda de Patxa, carnicerías, ultramarinos, bares y comercios que daban vida a las calles. Varias mujeres subrayaron que muchos de estos negocios estaban sostenidos por mujeres, especialmente en casos de viudedad o necesidad, y que funcionaban también como espacios de intercambio, de fiado y de relación cotidiana, como el caso de la carnicería de Avelina Ocerin:

 

“Mi ama se quedó viuda muy joven y se quedó al cargo d ela carnicería familiar. Allí trabajaba mucho era el truque. Mucha gente le iba a la carnicería a cambio de carne o lo que sea. Huevos, un poco de leche... Era una forma muy habitual. Sobre todo eran mujeres. A los hombres igual les daban más apuro. Simplemente cambiaban productos a cambio de carne.”

 

El pueblo “tenía mucha vida”, recordaban, con calles llenas, cines, bailes, verbenas y una intensa vida social que acompañó al crecimiento industrial.

 

 
Imagen actual de ‘Cerámica de Llodio’.

 

El control social y moral también atravesó muchos recuerdos: las normas tras el parto, la cuarentena, la exclusión de la madre del bautizo, las restricciones durante la menstruación: “No podías tocar el chorizo si estabas con la regla, decían que se estropeaba la matanza; tampoco regar o lavarse el pelo”. La vigilancia sobre los horarios de las chicas o la intervención del cura en la vida familiar. Algunas escenas se contaban con humor, otras con rabia contenida, pero todas ayudaban a dibujar el marco en el que se desarrollaban estas vidas.

 

Durante todo el encuentro, los recuerdos estuvieron acompañados de objetos. En la sala se expusieron fotografías familiares, bordados realizados por Rafaela para su ajuar (juegos de cama, camisones, batas), trabajos textiles que otras mujeres realizan hoy en una asociación local y un cancionero del coro. Estos materiales ilustraban lo contado y lo hacían tangible, visible, cercano.

 

 
Imagen de los objetos traídos al encuentro

 

Hacia el final de la sesión, la conversación se detuvo en el valor de compartir estas historias. Varias mujeres expresaron la sensación de haber llegado tarde a muchas preguntas y la importancia de no perder esa memoria.

 

“Tengo pena de no haber escuchado las vivencias de mi amama, de mi ama… ahora me doy cuenta con el tiempo. Estaría muy bien tenerlo recogido para mis hijos, porque si no, no se van a enterar.”

 

Ese sentimiento atravesó el cierre del encuentro y da sentido al proceso: poner en común recuerdos que durante años quedaron en el ámbito doméstico y convertirlos en memoria compartida, para que formen parte del relato colectivo de Llodio y de las mujeres que lo sostuvieron.
 

 

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