Huellas históricas de las mujeres alavesas - laia
Emakumeen memoria historikoa
HUELLAS DE LAS MUJERES ALAVESAS EN LA HISTORIA
BAT AZKENA

HUELLA 1
Mujeres cazadoras-recolectoras en la transición del paleolítico al neolítico
Cuadrilla: Treviño | Época: Transición del Paleolítico al Neolítico Alavés | Tema: Arqueología y el origen de la desigualdad
El refugio de Atxoste en Vírgala, utilizado desde aproximadamente 10.500 a.C. hasta 1.500 a.C., es un sitio arqueológico peculiar que abarca un periodo de 10.000 años, desde finales del Paleolítico hasta el Neolítico. En sus seis metros de estratigrafía, los primeros grupos humanos llegaron al final de las glaciaciones, durante el Paleolítico Superior o Magdaleniense. Estas sociedades nómadas utilizaban el refugio de Atxoste como un lugar de paso para protegerse y como una excelente zona para cazar ciervos, corzos, uros, jabalíes, cabras, sarrios, zorros, linces y lobos. El bosque circundante estaba compuesto por robledales, avellanos, tilos, olmos, sauces, tejos y hayas, proporcionando madera para el fuego, la fabricación de instrumentos y alimentos como bayas, moras y frutos secos. La presencia humana se intensificó con el fin de las glaciaciones, durante la etapa de las últimas sociedades cazadoras-recolectoras, desde aproximadamente 7.500 a.C. hasta 4.300 a.C.
A partir de esta fecha, se inician los primeros indicios del Neolítico, con manifestaciones tempranas de ganadería y agricultura. El sílex era una materia prima importante para estas sociedades, ya que era la roca que utilizaban para construir sus herramientas, armas y otros utensilios. Pero el valle carecía de este material, lo que obligaba a los grupos a desplazarse varios kilómetros para obtenerlo. Una de las principales fuentes de sílex era la cantera prehistórica de Pozarrate, en Treviño, considerada la más antigua de la península ibérica. Esta cantera tiene una datación absoluta de entre 5.700 y 6.000 años, coincidiendo con la etapa de transición del Paleolítico al Neolítico, desarrollada entre 5.000 y 3.000 a.C. Tanto hombres como mujeres recorrían varios kilómetros hasta la cantera de Pozarrate en Treviño en busca de este material lítico por excelencia, el sílex.
La transición de las sociedades nómadas cazadoras-recolectoras del paleolítico al neolítico fue un proceso lento que duró miles de años. Los yacimientos y sus dataciones revelan una etapa prolongada de evolución. La desigualdad comenzó con la acumulación y el excedente de la producción. Las comunidades cazadoras-recolectoras eran más igualitarias debido a su estructura social y económica. La movilidad constante y la necesidad de cooperación para la supervivencia fomentaban una distribución más equitativa de recursos y poder.
Es crucial reivindicar el papel de las mujeres en la prehistoria, donde a menudo han sido ignoradas por una perspectiva androcentrista. Durante el siglo XIX, las grandes expediciones arqueológicas, lideradas predominantemente por hombres, establecieron narrativas históricas centradas en la caza, la guerra y el comercio, dejando fuera a las mujeres y sus contribuciones esenciales a la supervivencia y cohesión social. Este enfoque sesgado invisibilizó a las mujeres en el arte, las representaciones de caza y los ajuares funerarios importantes, llevando a afirmaciones científicas erróneas.
Sin embargo, la llegada del feminismo a la arqueología cambió esta perspectiva. Las investigaciones han demostrado que las mujeres también participaron en la caza y desempeñaron roles cruciales en la recolección, los cuidados, la alimentación y la crianza. Estas tareas, esenciales para la vida y la supervivencia de las comunidades, han comenzado a ser valoradas adecuadamente.
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BI

HUELLA 2
Las mujeres en los ritos de alumbramiento en Alaiza
Cuadrilla: Llanada alavesa | Época: Altomedieval. Siglos XII y XIII | Tema: La importancia del
alumbramiento
La sociedad medieval vasca estaba marcada por relaciones sociales feudales. Existía una pequeña nobleza con gran poder local que obtenía sus recursos económicos de las rentas y actividades mercantiles en áreas urbanas. En el campo, junto a la nobleza, un campesinado generalmente propietario de las tierras que trabajaba, pero sometido al poder de la nobleza.
Teniendo en cuenta esta jerarquía, en el lado más alto después de la realeza, estaban las damas de la nobleza, quienes se encargaban de la gestión del linaje, la casa y el patrimonio familiar, con una presencia notable en el espacio público, sobre todo en cuanto a la dirección de la servidumbre en las propiedades agrícolas y en el espacio religioso.
En las clases nobles, hombres y mujeres desempeñaban roles distintos y, aunque probablemente se transgredían los roles de género, la iconografía de la época reflejaba los roles de género socialmente esperados. Así, la historia del arte nos permite entender la construcción del género de la época acercándonos a las iglesias románicas, donde se representaban los ideales de feminidad y masculinidad. El papel de las damas nobles en la Álava medieval.
El papel de las damas nobles en la Álava medieval
Tal y como nos cuenta Isabel Mellén, las damas eran consideradas sabias y se las requería para mediar en los conflictos, por lo que debían saber escuchar, juzgar y decidir, y sus decisiones eran acatadas por las partes en conflicto. Su papel como agentes de paz lo vemos en algunas representaciones pictóricas que encontramos en los templos románicos del territorio histórico alavés.
Las damas, siguiendo el ejemplo de la reina (la primera de las damas), gestionaban todo lo relacionado con el linaje y la casa familiar, incluyendo aspectos económicos, administrativos, políticos y religiosos (asuntos del señorío, las propiedades y la familia). Esta responsabilidad aumentaba cuando se quedaban viudas, un acontecimiento común debido a las frecuentes muertes de los maridos en la guerra. En los grandes señoríos, las casas eran verdaderas instituciones con sirvientas, criados y personal que trabajaba para ellas, incluidos sacerdotes encargados del culto en sus iglesias privadas. Además del poder formal, estas mujeres ejercían un poder informal crucial, controlando y sosteniendo las redes familiares y clientelares, que eran los núcleos del poder de los linajes.
También dedicaban muchas horas a la costura y el bordado, actividades de prestigio en aquella época. El aprendizaje textil servía para instruir a las damas en la tarea del matronazgo desde una labor artística: sobre todo en cuanto a la capacidad de diseñar y dirigir las obras que iban a encargar y el mensaje que debían incluir porque las damas tenían mucha presencia en el mercado de iglesias y otros templos religiosos. Ellas se encargaban de dirigir el diseño, construcción y presupuesto de templos y otros espacios que aprovechaban para difundir mensajes que promovían el linaje familiar, y permitía sostener el estatus y el poder o prestigio de la familia. La mirada feminista sobre las representaciones artícticas medievales
La mirada feminista sobre las representaciones artísticas medievales
Los textos de los religiosos que hablan sobre la sexualidad femenina evocando el pecado lujurioso y la perversión han servido como fuente para la interpretación de multitud de imágenes que todavía hoy se conservan en iglesias y ermitas románicas del territorio alavés. Capiteles esculpidos con motivos genitales, mujeres pariendo, personas que exhiben su cuerpo desnudo y sus genitales… son todas ellas imágenes que a ojos de la contemporaneidad nos remiten al mensaje de advertencia ante la lujuria y la perversión de las mujeres.
Pero Isabel Mellén, partiendo de la idea de que eran las damas nobles las que encargaban la construcción de los templos y el diseño de sus pinturas y esculturas, en las que a menudo estas damas eran autorrepresentadas en posturas con gran carga sexual, se pregunta por qué se representan órganos genitales y exhibicionistas en las iglesias románicas, dando un paso atrás y usando una metodología interpretativa libre de la mirada misógina científica heredada de la Ilustración.
Desde ese prisma, la autora sostiene que en la Edad media, el sexo formaba parte de la cotidianidad más de lo que pensábamos de una forma mucho más naturalizada que ahora, y que, además, esas representaciones no tenían connotaciones negativas, sino todo lo contrario. La responsabilidad de tener descendencia recaía sobre las mujeres, y los nacimientos eran elementos de prestigio dentro de su rol de género como mujeres. Además, los partos eran un momento de riesgo real para la supervivencia de las mujeres, por la gran mortalidad de la madre y del feto, lo cual situaba a las mujeres parturientas en un lugar de importancia: el parto era su hazaña, del mismo modo que la guerra lo era para los hombres.
Las pinturas descubiertas en la Iglesia de Alaiza, que muestran a mujeres pariendo y ofrendas a la mujer parturienta, indican que la fertilidad era una preocupación central. La historia feminista revela que estas pinturas nos transmiten el valor del parto de las mujeres nobles y su lugar de prestigio en la sociedad medieval.
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HIRU

HUELLA 3
Seroras, freilas y beatas vascas
Cuadrilla: Montaña alavesa | Época: Baja Edad Media - Época Moderna.
Siglos XIV y XVII | Tema: El poder de las mujeres en el ámbito religioso
Tradicionalmente, las mujeres han estado apartadas de la jerarquía eclesiástica, pero en Euskadi existía una figura especial vinculada a los trabajos relacionados con la Iglesia: la serora. Las seroras, también llamadas freilas, beatas y sacristanas, eran mujeres con un rol especial en el cristianismo durante la Edad Media y Moderna. Vivían en un espacio entre lo laico y lo religioso, y tenían una condición socioeconómica especial que les permitía manejar sus bienes.
Estas mujeres eran responsables del mantenimiento de la iglesia o ermita, tocaban las campanas, llevaban las cuentas del templo, administraban las donaciones y dirigían algunos ritos como entierros, funerales y procesiones. Eran nombradas como tal por el párroco y el obispo más cercano en un evento público, y para acceder a su puesto, debían estar solteras o ser viudas. Desde su nombramiento, vivían en una casa cercana a la iglesia y, generalmente, ocupaban su puesto en solitario, aunque también hay registros de seroras que vivían en pequeñas comunidades, viviendo de la limosna o de la venta de sus productos manufacturados.
Un ejemplo notable de sus responsabilidades se encuentra en la ermita de San Pedro, situada en la muga entre Bernedo y Lagrán, donde el 23 de octubre de 1342, se decidió que dos freilas (una castellana de Lagrán y otra navarra de Bernedo) se encargaran conjuntamente del cuidado de este templo, que servía como hito fronterizo entre los reinos de Navarra y Castilla.
El problema surgió porque en ese momento Bernedo pertenecía al reino de Navarra y Lagrán al reino de Castilla. Esto generó una "crisis internacional" por la gestión de la ermita y se decidió que habría dos seroras, una de Bernedo y otra de Lagrán, para que no hubiese favoritismos por una localidad u otra. Así, estas seroras también tuvieron un papel político, ya que actuaban en representación de dos reinos y que debían ponerse de acuerdo entre ellas para solucionar el conflicto. Este hecho excepcional demuestra tanto la antigüedad de este oficio como el reconocimiento social y político del que disfrutaron estas mujeres.
En la Baja Edad Media, las seroras gozaban de mayor poder y libertad, pero a partir del Concilio de Trento y la Contrarreforma del siglo XVI se impuso la ideología misógina de la Iglesia Católica, incrementando el control de la jerarquía eclesiástica y relegando a las mujeres a las tareas de cuidado y limpieza de los templos. Incluso la orden de eliminar la figura de las seroras llegó de la corona castellana mediante Real Decreto en 1769.
En aquel Real Decreto firmado por el Conde de Aranda (secretario de Estado del rey de las Españas Carlos IV), se ordenaba que las seroras fueran expulsadas de los templos en los que servían. Así, a lo largo de la modernidad, podemos ver numerosos casos de conflictos entre las seroras y los frailes del entorno que disputaban por el control de estos templos religiosos.
Como resultado, las seroras perdieron autonomía y capacidad, aunque es cierto que su figura, aunque destilada, ha llegado hasta la contemporaneidad. Algunas iglesias y ermitas de la zona alavesa todavía hoy tienen a una mujer que vela por su mantenimiento y cuidado.
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HUELLA 4
Un linaje de curanderas y parteras en Aramaio
Cuadrilla: Gorbeialdea| Época: Época Moderna y Contemporánea | Tema: Recuperación del papel de las mujeres en la gestión y atención de la salud
Es importante recuperar el papel de las mujeres en la gestión y atención de la salud a lo largo de la historia. En el Medievo había muchas mujeres curanderas, sabias poseedoras de unos conocimientos adquiridos mediante la práctica, que se transmitía de manera oral de madres a hijas desde tiempos inmemoriales. Eran las encargadas de proporcionar tratamientos a las personas enfermas a través del uso de hierbas medicinales y remedios caseros.
En el siglo XIII la medicina empezó a afianzarse en Europa como ciencia laica y también como profesión. Y aunque también hubiera algunas mujeres que leían y escribían tratados de medicina con sus propias teorías y prácticas, desde las instituciones médicas se inició una campaña activa contra estas mujeres sanadoras, ya fueran médicas formadas o curanderas populares. La exclusión de las mujeres sanadoras se hizo de distintas formas: prohibiendo su entrada a la universidad, invisibilizando o apropiándose de sus conocimientos, reprimiéndolas a través de procesos judiciales y divulgando un imaginario estigmatizado sobre ellas.
A pesar de ello no podían impedir que las sanadoras siguieran ejerciendo, sobre todo porque no había tantos médicos como necesidad de curar a la comunidad, más aún, en los lugares alejados de los núcleos urbanos y centros de poder.
La partería es el último bastión de las mujeres en la gestión de la salud popular. Las parteras en los pueblos eran mujeres ya casadas que habían sido enseñadas por otras parteras mayores. Durante siglos el trabajo de parto fue asistido por mujeres de la familia y otras expertas que acudían en el momento asistiendo con su sabiduría para que el alumbramiento fuera exitoso. Eran las verdaderas especialistas que sabían atender correctamente a las mujeres en el parto, además de aliviarles el dolor, aconsejar en su vida sexual o incluso llevar a cabo técnicas abortivas. Sus conocimientos y experiencias los enseñaban de generación en generación.
Es en el siglo XVIII cuando aparecen los primeros cirujanos-barberos que empiezan a asistir los partos, sobre todo en los centros urbanos. La cirugía estaba prohibida para las mujeres porque, según los nuevos mandatos oficiales, se necesitaban unas herramientas y unos estudios de los que las mujeres estaban excluidas. Así, las parteras fueron quedando relegadas a los contextos rurales o como ayudantes de los hombres médicos o cirujanos que sí podían ejercer de manera oficial.
Ya en el siglo XIX, aparece la figura de la enfermera en la salud general y también la de la matrona: la especialista en atender la salud sexual de las mujeres, atenderlas en el parto y hacerles seguimiento. Las matronas eran las nuevas parteras o comadres, pero con estudios reglados y al servicio de un médico cuando se consideraba necesario. Esta regulación fue acabando con las parteras quienes solían ser mujeres humildes que no podían costear ni acceder a tales requisitos.
El oficio de matrona era de los pocos dominados por mujeres exclusivamente. Además, disponía de Colegio profesional propio, lo que daba a las matronas cierto prestigio e independencia social. De esta forma se convirtió en el colectivo exclusivamente femenino con mayor nivel de estudios a finales de los años 30 del siglo XX. Se trataba de mujeres muy formadas y organizadas, con frecuencia defensoras de la igualdad femenina. Durante la II República las matronas fueron muy activas intelectualmente, y se ocupaban de un asunto importante para las mujeres: su salud sexual y reproductiva.
Con el Régimen Franquista la influencia de las matronas sobre las mujeres "podía constituir un riesgo para la moralidad de la población”, una amenaza para esa nueva España patriarcal y sumisa, donde las mujeres debían de seguir el modelo de madre y ángel del hogar. Por eso, este colectivo fue uno de los objetivos a depurar, de la misma forma que ocurrió con las maestras, muchas matronas sospechosas de ser infieles al Régimen, fueron encarceladas o apartadas de su oficio.
Un linaje de curanderas y parteras en Aramaio
Cabe destacar el caso de un linaje de mujeres de Aramaio (Araba) que se dedicó a la curandería y a los partos. Maria Trojaola Azpeitia, (1881-1953) era conocida como ‘Petrikilo, kurandera’. Su madre fue su gran maestra, ya que había sido enfermera en el Hospital de Oñate. María era muy hábil con los dolores de huesos y mucha gente de fuera del pueblo iba a su casa a buscar remedios y medicamentos que ella preparaba. Su casa estaba siempre llena de gente, según cuenta su familia. De ella aprendió mucho su hija Rosali, que luego fue matrona del pueblo.
Rosalía Ormaetxea Trojaola, comenzó a trabajar como matrona del pueblo el 2 de mayo de 1938, con un sueldo de seis centenares de pesetas, a cobrar trimestralmente. Su madre María lo había pasado muy mal por no contar con una formación y titulación reglada, y es por eso que insistió a su hija para que estudiara en la universidad. Rosalía obtuvo el título oficial de matrona y enfermera en la Universidad de Valladolid, durante la República, en diciembre de 1934. Para desgracia de muchas mujeres, tuvo que interrumpir su trabajo en marzo de 1937, cuando el Régimen franquista se afianzó en Aramaio. En 1940 regresó al pueblo y reanudó su trabajo, aunque de forma no oficial, porque el franquismo prohibió la figura de la matrona. Después de mucho luchar, el 30 de noviembre de 1949 se nombró oficialmente a Rosalía, practicante de Aramaio de Ayuda Domiciliaria Pública.
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BOST

HUELLA 5
Las maestras republicanas en Álava
Cuadrilla: Rioja Alavesa| Época: Segunda República 1931-1936. Época Contemporánea | Tema: La labor transformadora educativa de las Maestras republicanas de Labastida y su posterior represión bajo el régimen franquista
La II República (1931-1939) se caracterizó por un decidido compromiso con la modernización y la democratización del país, siendo la educación uno de los pilares fundamentales de este proceso. Durante este breve pero intenso periodo, se implementaron reformas trascendentales que marcaron la sociedad alavesa de forma duradera. En el ámbito educativo, estas transformaciones se enfocaron no solo en elevar la calidad de la enseñanza, ampliar la red de escuelas y aumentar el número de docentes, sino también en garantizar un acceso más igualitario a la educación y promover valores como la igualdad y el laicismo.
Según los datos del INE, en 1930, Álava era la provincia con mayor índice de alfabetización de España. En 1932, durante la República, la Diputación alavesa diseñó un plan para construir 145 aulas. En ese año, en Álava había 440 escuelas para una población de algo más de 100.000 habitantes y la matrícula media por aula era de veintiséis alumnas y alumnos.
La Escuela de Labastida fue un ejemplo de este nuevo modelo educativo de la época, destacando, por ejemplo, en la creación y desarrollo de actividades para el conocimiento, cultivo y cuidado del campo, con ejercicios prácticos. En reconocimiento a su labor, en ese tiempo fue el único proyecto de este tipo subvencionado por el Ministerio en el País Vasco.
Sin embargo, en 1936 estalló la Guerra Civil Española, y la dictadura franquista pronto entendió que, para alcanzar sus objetivos a largo plazo, era imprescindible desmantelar el modelo de escuela progresista que la República había comenzado a desarrollar.
En noviembre de 1936 constituyeron la Comisión Depuradora Provincial en toda la provincia que sirvió para asegurarse de que todas las maestras eran fieles seguidoras del Régimen. Esta comisión ordenaba la cumplimentación, por separado, de un cuestionario, por cada docente, de 22 preguntas al párroco, al puesto de la Guardia Civil, al alcalde y a algún padre “honorable” de familia de cada localidad. “¿Ha actuado activamente en política de izquierdas o separatista?, ¿Comulgaba al menos una vez al año?, ¿Enseñaba algo contra el amor a España?, ¿Qué amistades frecuenta?” eran algunas de las preguntas que se hacía para indagar en la fidelidad de las maestras al nuevo régimen político y el ajuste al nuevo modelo de mujer honrada que se establecía desde las directrices de lo que fue la Sección Femenina dirigida por Pilar Primo de Rivera.
En ese sentido, las maestras sufrían un tipo de vigilancia mayor en lo que respecta a su capacidad para ejercer como maestra de acuerdo a los valores franquistas, por lo que en los procesos de depuración destacaban en la imputación de cargos morales, en los que se hacía especial hincapié en su conducta sexual y afectiva.
En aquel proceso de purgas, conocemos lo ocurrido con las maestras que ejercían en Labastida, poco después de que fusilaran al maestro gasteiztarra José Fidel Ortiz de Anda, quien se había empleado a fondo en la labor transformadora educativa durante aquellos años en la escuela de Labastida como director de la misma.
María Grijalbo López, Pilar Olloqui Díaz, Francisca Martín Maqueda y Fidela Sierra Amurrio, todas ellas maestras de la misma escuela, fueron obligadas a someterse a las valoraciones de quienes eran considerados autoridad en aquel momento: hombres representantes de la Iglesia, el Estado, la Familia y las Autoridades Competentes.
En el caso de estas maestras, todas recibieron la aprobación de los informantes. Con valoraciones como “Buena”, “Muy buena”, “Amistades honorables” “Serias y formales”, los hombres interrogados avalaron la idoneidad de las mujeres para seguir ejerciendo como maestras.
Aunque sometidas a la autoridad patriarcal del Régimen franquista, nuestras protagonistas pudieron seguir ejerciendo, pero no todas corrieron la misma suerte. En Araba fueron 100 las y los maestros que recibieron algún tipo de sanción de un total de 560 expedientes. 62 maestros y maestras fueron acusadas de participar en partidos o actividades de izquierdas, 27 de militar en el nacionalismo vasco y 11 fueron otros casos particulares.
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SEI

HUELLA 6
Las trabajadoras en el proceso de industrialización de Llodio
Cuadrilla: Ayala | Época: Posguerra y Franquismo (1939-1975) | Tema: La regulación del trabajo
femenino en el franquismo y el modelo den feminidad
En las décadas de los 50 y sobre todo en los 60, el Estado español vive un desarrollo económico que transformará el territorio, desarticulando la sociedad agraria y potenciando el despegue industrial y los servicios, contribuyendo a la modernización del país y generando importantes flujos migratorios hacia los focos de desarrollo y los principales núcleos urbanos.
Muchas familias (las mujeres suponían un 50% de la población migrante) emigraron a áreas con mayor desarrollo industrial para encontrar una mejor oportunidad laboral, más allá del sector agrario. Durante esos años, Araba experimentó un fuerte desarrollo industrial y un incremento de población que la situó como la provincia del Estado que mayor producto interno registró. Su capital, Vitoria-Gasteiz, concentró la mayor parte de empresas y población, seguido de Llodio y Amurrio, que se convirtieron en el segundo foco industrializado. En esos años, sus habitantes se multiplicaron, y buena parte de la población abandonó el trabajo agrícola y ganadero para emplearse en las fábricas de la zona., Concretamente la localidad de Llodio pasó de contar con 3.894 habitantes en 1950, a 7.239 en 1960 y a 15.587 en 1970.
Llegaba gente de todas partes, tanto de pueblos cercanos como de otros más lejanos, como Jaén, lo cual no contribuyó únicamente al crecimiento de los nucleos industrializados, sino que también provocó el progresivo abandono de los entornos rurales. Es el ejemplo de Rafaela Garrido Mas, que llegó de Aldeaquemada (Jaén) a Llodio en 1955. Fue de las primeras familias que emigró a Llodio, después le siguieron muchas más. Según ella, hay más personas de Aldeaquemada en Llodio que allí mismo. Viajó con su padre, después de que su hermano mayor les convenciera de que allí había trabajo. Rafaela trabajó en las fábricas Envases y en Maderas de Llodio hasta que se casó.
Pero no todas las mujeres lograban encontrar trabajo en las fábricas, lo que las dejaba en una posición vulnerable además de un sentimiento de desarraigo y más dificultades para adaptarse. Las que lograban trabajar en fábricas lo hacían bajo condiciones laborales duras y mal remuneradas, y condicionadas por las dinámicas del mercado laboral del momento,
marcadas por un carácter profundamente patriarcal.
Las políticas del Estado franquista trajeron el modelo del hombre “ganador de pan” y de “mujer ama de casa”. En los inicios estaba prohibido por ley que las mujeres casadas siguieran trabajando fuera de casa y, cuando por fin se suprimieron las limitaciones formales, siguió estando muy castigado moralmente. Este mandato social las obligaba a seguir buscando sustento de forma irregular en la economía sumergida, llevando el trabajo de las fábricas a su domicilio, o realizando otro tipo de trabajos como el bordado y otras tareas que podían compaginar, como podían, con el trabajo doméstico y el cuidado de la familia.
La llamada ‘excedencia forzosa por matrimonio’ consistía en despedir a las mujeres una vez contraían matrimonio a cambio de una compensación económica llamada “la dote”. Esto impedía que las mujeres desarrollaran carreras profesionales, limitando su independencia económica y su acceso a una jubilación propia, lo que perpetuó su dependencia financiera de los maridos. Impidió también que las mujeres pudieran participar en la vida pública y política, contribuyendo a su invisibilización y exclusión de espacios de decisión social. Estas políticas franquistas contribuyeron a un ciclo de subordinación y dependencia que marcó profundamente a las mujeres de esa generación, quienes dedicaron su vida al hogar y a los cuidados sin poder desarrollarse profesionalmente. Además, en muchos casos estas mujeres siguen viviendo las consecuencias económicas y sociales de esa época en la vejez.
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ZAZPI

HUELLA 7
La sororidad de las mujeres salineras en el Valle Salado de Añana
Cuadrilla: Añana | Época: Desde la Antigüedad hasta la actualidad | Tema: Recuperación del papel de las mujeres como trabajadoras y propietarias de la sal
El Valle Salado de Añana es uno de los yacimientos salineros más antiguos de Europa, con más de 7.000 años de historia, y las salineras han sido fundamentales para mantener viva esta tradición a lo largo de generaciones.
En la Prehistoria, las salinas eran muy diferentes a como las vemos hoy. El método de producción no se basaba en dejar que la salmuera de los manantiales se evaporara al sol y al viento, como ocurre ahora, sino que se forzaba la evaporación utilizando fuego y materiales que ardían. El cambio de sistema de evaporación (de forzada a natural) en el Valle Salado se produjo en torno al siglo I a.C. (hace unos dos mil años).
La sal era y es indispensable en multitud de procesos industriales y en la alimentación humana y animal, y más cuando todavía no se había desarrollado el frío industrial, ya que era uno de los métodos más efectivos para preservar en buen estado los alimentos. La sal era conocida desde la antigüedad como "oro blanco".
El trabajo de las salineras en el Valle Salado de Añana ha sido mucho más que una simple actividad económica. Ha sido una forma de vida, una conexión con la historia y un compromiso con el futuro. Desde el siglo XIX las mujeres han sido las protagonistas de ese trabajo en las eras, puesto que las familias compaginaban el trabajo de la sal con otras actividades, como la ganadería y la agricultura, y eran ellas las que se ocupaban del valle en el día a día mientras los hombres se dedicaban al trabajo del campo y el ganado.
Desde principios del siglo XX las salinas entran en crisis y empieza la decadencia de las salinas porque la sal ya no es rentable. A finales de ese siglo muchas familias empiezan a abandonar el valle, siendo las mujeres las últimas en trabajar la sal.
Aunque las mujeres no siempre han tenido los mismos derechos que los hombres para poseer propiedades, hay casos de mujeres que han heredado o adquirido salinas y han sido propietarias, hasta que, hoy en día, son más mujeres que hombres las herederas de ese patrimonio.
Las alianzas entre mujeres han sido clave en Salinas de Añana. Ha habido situaciones y modos de vida propios de las mujeres que han sido posible gracias a la complicidad y al apoyo entre ellas. Las salineras, igual que han sabido trabajar sin descanso, han sido hábiles tejiendo redes y procurando espacios de encuentro donde juntarse y compartir. Estas mujeres nunca han necesitado excusas para cantar y bailar, pero sí que tuvieron que luchar en varias ocasiones para que se les reconociera su propio espacio de celebración en las fiestas del pueblo.
En 1991 fue elegida la primera alcaldesa de la historia de Salinas de Añana: Agustina López Ansotegui. Fue ella quien, un poco más adelante, impulsó la creación de la Asociación Salinera de Santa Ana como un espacio de y para las mujeres del pueblo.
En la actualidad la Fundación Valle Salado de Añana se encarga de la gestión de la sal. Pero no solo de eso, se encarga también del proceso de patrimonialización cultural indispensable para preservar este contexto cultural, económico y social. Los antiguos propietarios y propietarias siguen teniendo ciertos derechos, pero la propiedad de las salinas como tal recae en la Fundación, quien gestiona el trabajo de la sal que se realiza en la actualidad.
Asunción Iturralde Díaz de Tuesta fue la última salinera que trabajó la sal de manera tradicional y gracias a ella y a sus compañeras se está recuperando y visibilizando la labor de las mujeres salineras, tan salerosas y sororas.









